15 de noviembre de 2013

¿Y SI LA FELICIDAD NO ES LA FELICIDAD?


-Maestro, qué conseguiré al alcanzar el Satori (iluminación)- le preguntó el joven monje a su mentor.-Conseguirás llegar a casa por la noche y dormir plácidamente- Le contestó éste.
 
Felicidad, no tenemos la fórmula. Y si la tuviéramos seguramente vivir sería mucho menos apasionante. Aunque hay intentos desde la ciencia de dar luz a la misma, de la Grecia clásica a nuestros tiempos. Si bien, en la última década ha habido un creciente interés de las investigaciones. Alimentadas éstas, en gran medida, por el auge de la Psicología Positiva y al amparo de su teorías. Entre la que destaca, básicamente, que la razón por la que tiene sentido vivir es para lograr ser feliz. Y este interés expansivo por su búsqueda hace que la imaginemos, que la queramos definir y describamos, incluso que la midamos.
 
En el año 2005, se desarrolló algo así como la fórmula de la felicidad, aunque me imagino a cada persona con su propia fórmula. Basándose en un diseño matemático, los investigadores desarrollaron la ratio de positividad, que así es como se llama. Describía la felicidad como una sucesión de experiencias positivas que se daban en la vida de la persona, resultándole gratificantes, placenteras, agradables. Y bien podía surgir de una experiencia emocional muy intensa, o de la suma de pequeños momentos. Concretamente señalaban que eran necesarios 3 acontecimientos positivos por 1 solo negativo para encender el motor de la positividad. ¿Solo?
 
 
 
 
Es tal la influencia de estas corrientes científicas en la sociedad, que a su amparo han surgido legión de profesionales y pseudoprofesionales, que de manera parecida al hazlo tú mismo, describen una felicidad, aparentemente al alcance de todos, pero que cuando uno examina detenidamente la letra pequeña, cae en la cuenta de la dificultad, por no decir imposibilidad de conseguirla. Como decía un afamado conferenciante internacional: “Huyamos de la preocupación, desterremos la tristeza, encierra el miedo en lo más profundo, pues lo mejor está por llegar, una vida plenamente feliz y optimista”.
 
Me parece imposible superar la adversidad sin esperanza, sí, pero también sin una cierta dosis de incertidumbre, igualmente ¿Cómo podríamos integrar las experiencias dolorosas, que nos permiten crecer y madurar sin tristeza?, ¿vivir sin miedo? Seríamos irresponsables en más de una situación, precisamente por faltarnos éste. ¿Acaso no nos sirve el enojo o la ira para defender nuestros derechos? Esta especie de buenismo infinito no parece ni humano, y puede convertirse en un deseo inalcanzable, precisamente por perseguirlo sin afán y queriendo dejar por el camino herramientas que son imprescindibles para obtenerlo. Se busca una felicidad idealizada, permanente, desmedida, que termina por convertirse en un sueño irrealizable. Esto causa frustración y dolor, por tanto no parece ser el camino a la felicidad buscada.

Ser feliz, por ejemplo, supone levantarse por la mañana y al abrir la ventana de la habitación, descubrir que ha llovido y cómo una grata sensación de humedad impregna el ambiente. Empezar el día saboreando una exquisita taza de cacao o puede que café, mientras tu programa favorito de radio suena de fondo. Implica sentir el placer de la caricia dada a tu animal de compañía, mientras inmóvil y agradecido, golpea suavemente con su cola el suelo. Escuchar el susurro de la tranquila respiración de tu pareja a tu lado, tal vez después de haber hecho el amor. Notar que una brisa invisible refresca tu cara al ir paseando por la calle. Descubrir cómo al perseverar en tus propósitos, consigues tus objetivos, y que por encima del elogio o reconocimiento de los demás, tú mismo piensas “¡bien hecho!”. Levantar el teléfono para hablar con tus amistades y más tarde coincidir en una agradable reunión, distendida, ociosa, quizás breve, pero con la promesa de volver a repetir. Notar que con un gesto tuyo de complicidad, surge la sonrisa de tu hijos y entonces te sientes íntimamente unido a ellos, y los ves crecer y conseguir sus metas, y piensas que todo esfuerzo vale la pena y volverías a repetir. Comer una vez más ese exquisito plato de pasta con salsa boloñesa, en un domingo cualquiera y la familia reunida…mientras se redescubre por enésima vez el álbum de fotos familiar y nos reímos de aquellas caras que teníamos, contando anécdota tras anécdota. Experimentar esa agradable sensación que nos invade cuando los párpados se sienten pesados y se van cerrando suavemente, frente al televisor o un libro, y entonces te sumerges en una placentera somnolencia, e inicias tu habitual siesta…Maravillarte una vez más por ese paraje que te rodea, ya sea verde y azul de bosque y cielo, ya sea azul y marino de cielo y mar, para zambullirte en el frescor de esa playa…
 
 
¿Y si la felicidad que necesitamos no es la felicidad que soñamos? La primera está a tu alcance, como le dijo el maestro a su joven monje, la otra, los que la predican sabrán.
 

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