7 de diciembre de 2013

¿SIENTE IGUAL UN HOMBRE QUE UNA MUJER?


¿Es la genética o la cultura lo que marca las diferencias emocionales que parece haber entre el hombre y la mujer? El desarrollo emocional en las personas es un proceso con una influencia social determinante e importantísima. Hay pocas, poquísimas condiciones en esta vida, que determinen de forma tan drástica lo que somos como es el sexo que tenemos. De hecho, una de las primeras preguntas que suelen hacer los padres que esperan un bebé, en la consulta de ginecología es: “¿niña o niño?” y la respuesta recibida determinará muchas de las condiciones de ese futuro bebé. Por ejemplo, las expectativas que se creen, las emociones que se le permitirá expresar con facilidad, el tipo de juegos, la apariencia y relaciones que se le intentará inculcar y así un larguísimo etcétera.  

 

 
         Estos procesos de influencia del ambiente o procesos de socialización son distintos para el hombre y la mujer, y el núcleo principal de donde emana esta influencia es la familia. A la mujer se la prepara para afrontar la vida desde una perspectiva de la afectividad, de la que el hombre va a carecer, al menos de una manera tan refinada, él va a ser moldeado para la acción. ¿Cómo se hace esto? Son numerosos los ejemplos diarios que puedes observar, aunque culturalmente están superpuestos, como las tejas de una casa y suelen pasar desapercibidos. Al niño se le prepara para la independencia de su madre a edades tempranas, a través del juego se le somete a las duras reglas de la competición y la búsqueda de la victoria, mientras que a la niña se la prepara para la dependencia y a través del juego se desarrollan en ella habilidades colaborativas y empáticas. El chico ha de convertirse “en un hombre” y se le separa de “las faldas de la madre” antes que a la chica. Para esto ha de aprender a usar la lógica y la razón dejando en un lugar secundario sus emociones, volviéndose duro, o al menos aparentándolo. No hay nada como decirle a un niño que llora “pareces una niña de tanto qué lloras” para que empiece a controlar su llanto.

 
Menuda influjo, esto ha reprimido emocionalmente a generaciones de hombres a lo largo de la historia. Este tipo de experiencias ha limitado sus auténticas posibilidades de crecer afectivamente de forma equilibrada. Pero no sólo en su represión, también en la manifestación de las emociones hay un trabajo que deja una profunda huella, pues a la mujer no sólo no se le censura su llanto o tristeza, incluso se llega a reforzar protegiéndola cuando las manifiesta. ¿Dónde desemboca esto? En el hombre en una dificultad para mostrarse triste o deprimido, pero claro, el malestar sale por algún lado, por ejemplo la ira, que además se considera varonil y masculina. Mientras que la mujer es entrenada para dejar salir su tristeza y depresión (el porcentaje de mujeres deprimidas es el doble que de hombres, aunque también es cierto que se las sobrediagnostica en este sentido).

       Se da también que la fisiología de la mujer está más influenciada por los cambios hormonales, los cuales son cíclicos y reflejan cambios en la experiencia emocional. Según la investigación reciente, que estudia cómo las hormonas femeninas influyen en las mujeres, ellas están especialmente preparadas para la comunicación, la empatía y la percepción emocional. Por el contrario, ellos lo están para la acción, sus experiencias emocionales conllevan más actividad racional. Se sabe que cuando los chicos y las chicas llegan a la adolescencia no hay diferencia en sus aptitudes matemáticas y científicas. Sin embargo, cuando el estrógeno inunda el cerebro femenino las mujeres empiezan a concentrarse en sus emociones y en la comunicación interpersonal mientras que ellos se vuelven menos comunicativos. Si a esto le sumamos los indicios que indican, cómo hombres y mujeres, a nivel cerebral implican distintas zonas en su funcionamiento emocional. Más numerosas en el caso de la mujer, que le llevan a tener una mejor facultad de evocar o recordar experiencias altamente emotivas, podemos empezar a entender la base de estas diferencias.

Estas diferencias también se reflejan en el diagnóstico de los trastornos emocionales. A tal punto que podemos hablar de una tendencia a diagnosticar según el género o diagnóstico masculinizado. Podemos comprobar que hay una excesiva facilidad para señalar como ansiedad y depresión aquellos síntomas que tienen que ver con cansancio o dolor físico, sin descartar otro tipo de problemas. Y cuando es una mujer quien presenta estos síntomas el diagnóstico y su correspondiente tratamiento psicotrópico está casi asegurado. Es un dato, así lo constata la OMS al señalar que a las mujeres se les receta con más frecuencia esta medicación psicotrópica que al hombre, cuando presentan los mismos síntomas. La mujer, por otra parte, acude a buscar ayuda a su médico mucho antes que el hombre, al que le cuesta reconocer un estado de ánimo disfórico. Para colmo, es frecuente encontrar profesionales de la salud con prejuicios de género y, por ejemplo, piensan que la mujer exagera en sus quejas o que por serlo es más influenciable o débil que el hombre, entonces bien no dan el tratamiento adecuado, o bien éste es excesivo respecto el problema de salud que presenta. Estas diferencias encontradas tienen más probabilidad de aparecer en sociedades industrializadas como la nuestra.
La impronta ajena sobre las emociones, más allá de la biológía, va a moldear la presencia o ausencia de unas frente a otras. Además de su abordaje y comprensión desde las ciencias de la salud. Ser conscientes quizás nos ayude a eliminar las diferencias y a entender cómo somos un poco mejor.

 

1 de diciembre de 2013

EL GRUPO ES MAS FUERTE QUE EL INDIVIDUO


La manada de mamuts se acerca majestuosamente al interior del valle, unos quince ejemplares de estos enormes animales se desplazan por un entorno que ya les es familiar. A su alrededor, las cumbres coronadas por la nieve brillan bajo un sol limpio. El aire es frio y húmedo, y agita constantemente la hierba alta del fondo del valle. Mientras, paso a paso, el grupo se acerca al punto más angosto del mismo, al otro lado les esperan praderas enormes que saciarán sus estómagos, espoleados por el olor a hierba fresca que trae el aire, la manada prosigue su camino. Sin ser conscientes de la situación, trágica y vital, que se desarrollará en los próximos minutos, siete cabezas giran lentamente al paso de la manada, observando cada detalle de la misma. Un grupo de cinco hombres se arrastra sigilosamente, desdibujados por una ligera niebla que parece emerger del propio suelo.
Nos encontramos en el norte de Europa aproximadamente hace 400.000 años, estos hombres se mueven en este primigenio paisaje con naturalidad, apenas sobrepasan el metro y medio de altura, corpulentos, han desarrollado características propias de las especies que viven en regiones frías, piernas cortas y narices anchas que permiten una adecuada respiración y eliminación del calor sobrante, impidiendo que aparezca el sudor y el riesgo de congelación.

Se enfrentan a unos adversarios formidables, mamuts lanudos, capaces de aplastar a un hombre de un pisotón, pero lejos de hacerlo de frente utilizan la fuerza del grupo para tener alguna posibilidad. Mientras cuatro de ellos esperan justo el momento en que la manada se agrupará, pasando el estrechamiento del valle, para empezar a correr y así abordarla por detrás, gritando y haciendo sonar unos pequeños cuernos. El resto se halla detrás de una enorme roca, esperando justo el momento en que empujarla y hacerla caer, despeñándose, con la esperanza de que en su camino golpee a alguno de los ejemplares lanudos. La apretura del camino enlentece el paso de los animales haciendo que se agolpen. De repente, tras sus lomos gritos y sonidos estridentes, que justo en ese momento no pueden atender, pues su enorme tamaño les impide girarse para enfrentar esa creciente amenaza.
        Su respuesta no se hace esperar, aceleran el paso hacia delante cuando, como caído del cielo, apenas disponen de unos segundos para levantar la vista por instinto y descubrir como su supervivencia está en juego, un enorme objeto se acerca rápidamente arrastrando rocas, polvo y muerte. El potente barrito del macho dominante no se hace esperar, retumba en las paredes de piedra y cubre todo el valle, su llamada solo tiene una indicación para los otros miembros, una estampida que hace vibrar hasta el pico más lejano del valle, crece en segundos mientras una descomunal fuerza motriz parece anunciar el fin del mundo conocido.        
En apenas un suspiro la enorme mole, que desciende veloz por la falda de la montaña, impacta brutalmente contra el lomo de un joven atrapado entre dos ejemplares mayores. Sin capacidad para cambiar la situación, la manada escapa de su tragedia, mientras el júbilo estalla entre esos hombres de mediana estatura y duras facciones. La muerte del animal supone la vida para su grupo, para las crías de nuevos humanos que llegarán antes del verano y aun tendrán alimento en los próximos meses. Lo que ha hecho este grupo de supervivientes, se repetirá cientos de miles de veces a lo largo de nuestra historia. Aunar esfuerzos en pos del bien común.
No podía ser de otra manera. Precisamente por ser unos adversarios formidables, estos animales con su tamaño y fuerza, cualquiera que se enfrente a ellos necesita desarrollar conductas coordinadas que sumadas equiparen las fuerzas. El ser humano se ha asociado con otros desde el comienzo de los tiempos, para convivir, para cazar, para protegerse, para ganar. Podemos considerar, por tanto, que el grupo y la sociedad son los estados naturales de interrelación del ser humano.
El mecanismo que lo hace posible es la cooperación y su resultado el éxito. Por eso cuando más necesidades tenemos, mirar y conseguir la ayuda del grupo se vuelve una cuestión de supervivencia. En la familia, en la empresa, en el equipo.
 

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