8 de octubre de 2013

GRACIAS A LA INTELIGENCIA ANIMAL


 

Estamos en el momento de mayor expansión de la humanidad, nuestras sociedades industriales y su desarrollo tecnológico no tienen techo, vivimos en enormes ciudades repletas de servicios,  sobre todo materiales, pero pobres en lo emocional. De hecho, el ser humano vive ahora mayores sentimientos de aislamiento y soledad que nunca, a pesar de que muchas de sus necesidades básicas estén ampliamente satisfechas. En nuestros orígenes vivíamos en armonía con la naturaleza y las otras especies, sincronizábamos nuestros ritmos a los suyos. De forma paulatina y progresiva nos hemos alejado hasta llegar a los días de hoy. La soledad es una de las condiciones más comunes en personas solteras, y en mayores que han enviudado. Por sí misma esta no es buena ni mala, sobre todo si se ha escogido, pero la soledad es la antesala del aislamiento social, y esto si que es perjudicial para nuestra salud.

 

A lo largo de la historia de la humanidad la presencia de animales en nuestras vidas ha estado documentada, nos han servido como inspiración, por ejemplo ¿Sabías que hallaron unos restos fósiles en el norte de Israel de 12.000 años de antigüedad, en el que un hombre está con una mano encima de su perro, ambos esqueletos juntos?. Aunque la relación entre nosotros y ellos es más antigua. De ellos hemos aprendidos a integrarnos en la naturaleza, nos han protegido y alertado de los peligros, también nos han alimentado física y emocionalmente. Y las relaciones que hemos establecido con los animales han ido más allá del simple hecho de utilizarlos para nuestros trabajos o alimentación. Nos hemos comunicado mutuamente de una forma que no ha pasado desapercibida.


Desde la psicología, el beneficio de los animales empezó a estudiarse a raíz de su uso en determinados trastornos mentales y psicológicos. Pero ya mucho antes, por ejemplo en 1867, los animales de compañía intervinieron en el tratamiento de personas con epilepsia en Bielfield, en Alemania. Y también en Estados Unidos donde el uso de animales ha estado muy extendido. Así la US Army Veterinary Medicine Branch of the Health Services Command ha usado animales "terapeutas" desde la Segunda Guerra Mundial.

Los investigadores llevan décadas mostrando que aquellas personas que han estado en tratamiento psicoterapéutico, y contaban con la asistencia y apoyo de animales, mejoraban con notable éxito. Igual que Sam y Elizabeth Corson desde los años 70 trabajando con adolescentes con carácter introvertido, los cuales al oír el ladrido de los perros se abrían al exterior, queriendo relacionarse con ellos. Incluso el conocidísimo Sigmund Freud tenía una perra de raza Chow Chow como asistente en su terapias. Se sabe incluso, que en aquellos centros educativos que dedican un espacio a la interacción de alumnos y alumnas con animales, los jóvenes se comportan mejor, son más cooperativos en clase y muestran mejoras en el lenguaje.
 
Otro pionero, el psicoterapeuta Boris M. Levinson ya en los años 60, creó la Terapia Facilitada por Animales (TFA), en niños con trastornos del comportamiento, déficit de atención y problemas de comunicación. El psiquiatra Aaron Katcher ya demostró, con un estudio realizado en 6.000 personas, que los propietarios de mascotas tenían menos niveles de tensión arterial, colesterol y triglicéridos, que aquellos que no tienen animales en su vida. Serpell, J evidenció también, que conseguir una mascota eleva la autoestima y promueve el desarrollo del ejercicio físico. Como dato curioso, aproximadamente 1 de cada 3 psicoterapeutas en Estados Unidos utiliza la presencia de animales de compañía como apoyo a sus terapias.

           ¿Sabias que el 97% de las personas con mascotas habla con ellas? ¿Y que 8 de cada 10 les hace revelaciones a sus animales sobre aspectos íntimos de sus vidas?  Los animales, unos más que otros, pueden mejorar la calidad de vida potenciando, entre otras, una mayor consciencia a la expresión emocional, a través de la relación con ellos.
 
La inteligencia animal alivia el dolor humano.



 

7 de octubre de 2013

CEREBRO ABDOMINAL, PIENSA POCO SIENTE MUCHO


Aquella noche el Dr. William Beaumont, fue consciente de algo que llevaba días observando, pero que no entendía. Como cirujano del ejército de los Estados Unidos, estaba acostumbrado a ver agujeros que mostraban partes internas del cuerpo, operando a los soldados hechos trizas de la batalla, pero aquello era distinto. Corría el año 1833 y atendía a un trampero llamado Alexis St. Martin, de una herida que le dejaba al descubierto el estómago. Se convirtió en el primer humano en estudiar en vivo el proceso de la digestión.
 

            Y lo que observó entonces, tiene su máxima vigencia en el momento presente. Reparó en que el estómago enrojecía o segregaba jugos digestivos en función del estado de ánimo de su paciente. Si éste estaba triste y decaído el estómago se relajaba y el tránsito se enlentecía. Por el contrario si estaba molesto y enfadado su estómago se contraía, mientras que si tenía un buen día y se mostraba alegre, el estómago estaba bien hidratado y con buen color. Sin saberlo, estaba sembrando las semillas de la actual corriente investigadora en relación al sistema nervioso entérico, o cerebro abdominal, y su relación con la psique.
 

            Y es que hace mucho que escuchamos sentencias tan populares como: “a tripa vacía, corazón sin alegría”, o “al hombre se le gana por el estómago”. Sí, ¿pero qué es realmente lo que ocurre en nuestro estómago que tanto tiene que ver con el estado de ánimo? Nadie discute que el estrés supone una respuesta de adaptación a unas circunstancias concretas, qué permite poner en marcha rápidamente los recursos, incrementando así la probabilidad de sobrevivir. Cuando las hormonas del estrés se disparan, el cerebro abdominal responde causando diarrea, vómitos y/o nauseas. Y esta respuesta tiene su explicación en la necesidad del cuerpo de liberar rápidamente todo aquello que le resulta nocivo, si esto se cronifica por efecto del estrés mantenido, surge un trastorno muy frecuente en nuestros días, el síndrome del intestino irritable.
 

            Pero más allá del estrés y su bioquímica, los estímulos que distienden el tubo digestivo activan regiones en el sistema límbico, en donde surgen las emociones y se percibe la angustia. Pero es que además nuestro aparato digestivo aprende, hasta el punto de que puede aprender a enfermar, como han puesto de manifiesto las investigaciones sobre la llamada pereza abdominal que lleva al estreñimiento. Y hay tan alta relación entre este cerebro y el que está en nuestra cabeza, que herramientas como la psicoterapia, se utilizan con altísima eficacia en el abordaje de patologías propias de la medicina digestiva, incluso con mejores resultados y menores costes económicos, que tratamientos habituales basados en los fármacos.

Doctor me duele mucho el estómago. ¿Ha visto usted ya al psicólogo?
 
 

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